Macanudo de Liniers

Macanudo de Liniers
"¿Y si no fuésemos otra cosa que los brazos de una voz?" Decir. Maliyel Beverido

jueves, 23 de junio de 2016

De amor y muerte



El siguiente capítulo habla de amor…

En la guerra, lo único personal es el amor. Lo demás es común, incluida la muerte.

¿Qué me sorprendió? Pues que del amor ellas hablan con menos franquea que de la muerte. Me doy cuenta de que no lo dicen todo, como si intentaran protegerse, cada vez surge un límite donde se detienen. Vigilantes, defienden ese límite. Entre ellas existe una especie de acuerdo secreto: más allá está el espacio de lo prohibido. Se baja el telón. ¿De qué se defienden? Está claro: de las calumnias y las ofensas de la posguerra. ¡Lo que les tocó sufrir!...Después de la guerra tuvieron que luchar en otra guerra, no menos terrible que aquella que habían dejado atrás. Si alguna de ellas se atrevía a ser franca más allá del límite, si a alguna se le escapaba una confesión desesperada, a ello le seguía siempre una petición: <<Oculte mi apellido>>, o bien <<En aquel tiempo, de eso no se hablaba en voz alta…Se consideraba obsceno…>>. Escuché de lo más romántico a lo más trágico.
[…]


<<Mi primer beso…

>>El subteniente Nikolái Bielojvóstik…Ay, me he puesto roja, y eso a pesar de que estoy hecha una abuelita. Entonces era muy joven. Muy joven. Creía que…A nadie, ni siquiera a mi mejor amiga, le confesé que estaba locamente enamorada. Locamente. Era mi primer amor… ¡O tal vez el único! ¿Quién sabe?...Yo creía: “Nadie de la unidad sospecha nada.” ¡Antes nadie me había gustado tanto! Si alguno me gustaba no era lo mismo, era menos. Y él… Hacía mis cosas y pensaba en él constantemente, a cada minuto. Ese…Ese era amor verdadero. Lo sentía. Todos los síntomas…Ve, ya me he vuelto a poner roja como un tomate…

>>En su entierro…Yacía sobre una capa militar de lona, le acababan de matar. Nos encontrábamos bajo el fuego alemán. Había que enterrarlo de prisa…En ese mismo momento…Vimos unos abedules añejos, elegimos uno, estaba más allá de un roble grande. El abedul más alto. Allí…Traté de recordar los detalles para después poder regresar y localizar su tumba. Cerca había una aldea, la carretera se bifurcaba… ¿Sería posible acordarme? ¿Cómo lo lograría sien ese mismo momento estaba viendo que uno de los abedules comenzaba a arder?... ¿Cómo? Había llegado la hora de despedirnos de él…Me dijeron “¡Tu primera!” El corazón me dio un salto, comprendí… que… todos sabían de mis sentimientos. Todos lo sabían…Tuve un pensamiento fugaz: ¿tal vez él también lo sabía? Allí estaba…Dentro de nada le bajarían al foso…Le cubrirían de arena…Pero me alegró enormemente pensar que tal vez él lo sabía. ¿Y yo le había gustado? Como si todavía estuviera entre los vivos y pudiera responderme… Me acordé de que en Nochevieja me había regalado una chocolatina alemana. Tardé más de un mes en comérmela, la guardaba en un bolsillo.

>>Toda mi vida he vivido con ese recuerdo… Aquel instante… Las bombas caían…Él…tendido sobre aquella capa militar… Ese momento… Y yo tan alegre… sonreía para mis adentros. Parecía una chiflada. Me alegraba porque él, quizá, sabía mi amor…

>>Me acerqué y le besé. Antes no había besado a ningún hombre…Era mi primera vez…>>

Liubov Mijáilnovna Grozd,
técnica sanitaria.


<<Quiero hablar de…Quiero decir que en la guerra viví una experiencia emocional muy bella. No existen palabras capaces de transmitir la admiración con la que nos trataban los hombres. Dormíamos en la misma covacha, compartíamos los lechos, salíamos juntos a las misiones y, cuando tenía frío, cuando estaba tan helada que sentía que me congelaba el bazo, que se me congelaba la lengua, y que un poco más me desmayaba, yo decía: “Misha, por favor desabróchate la pelliza, caliéntame.” Él lo hacía: “¿Qué, estás mejor?” “Si.”

>>Nunca más he vuelto a vivir nada igual. Cuando la Patria corría peligro, no se debía de pensar en ciertas cosas personales.
>>__Pero ¿había amor?
>>__Si, lo había. Lo vi muchas veces… Discúlpeme, a lo mejor me equivoco y lo que pienso no es lo más normal. En el fondo de mi alma yo lo reprobaba, seguramente no era el momento más adecuado para el amor. Nos rodeaba el mal. El odio. Me parece que muchos compartían mi opinión…
>>__ ¿Cómo era usted antes de la guerra?
>>__ Me gustaba cantar. Me gustaba reír. Quería ser piloto. En cuanto al amor… ¡Ni pensarlo! No era lo más importante para mí. Lo primordial era la Patria. Ahora pienso que éramos unos ingenuos…>>

Elena Víktorovna Klenóvskaia,
guerrillera.


<<Una vez, después de un concierto…Fue en un hospital de evacuación muy grande… Se me acercó el médico en jefe y me pidió: “Tenemos un paciente muy grave, es un tanquista, está en una habitación individual. Prácticamente no reacciona ante nada, tal vez le ayude su canción.” Fui a la habitación. Toda mi vida recordaré a ese hombre que había salido de milagro de su tanque en llamas. Las quemaduras le cubrían todo el cuerpo. Estaba tendido en una cama, inmóvil, su rostro sin ojos era completamente negro. Sentí un nudo en la garganta, me costó unos minutos dominarme. Luego comencé a cantar en voz baja…Vi de pronto que el rostro del herido se movía ligeramente. Susurró algo. Me incliné y escuché: “Cante más…” Canté más y más, todo mi repertorio, hasta que el médico me dijo: “Creo que se ha dormido…”>>

Lilia Aleksandróvskaia,

artista.

***Tomado de: Alexiévich, Svetlana, La guerra no tiene rostro de mujer. Editorial Debate. Fragmento tomado del Capítulo: “Una mirada, una sola” pp: 261-286, México, 2015.










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